A continuación pongo un relato que presenté en un concuro del antiguo foro "anillomania" y antes lo presenté a un concurso literario de Torrejón (creo que fui último), los que entren aqui casi seguro que lo han leído, los que no lo hayan hecho espero que disfruten con él.
VIDA DE GUERRERO
La persecución duraba días, pero no quería darme por vencido, tenía que llegar antes o mi muerte sería inevitable.
Todo había comenzado la noche anterior, mientras exploraba en la montaña buscando comida, pues desde hacía días sólo comía bayas y algún fruto maduro caído por el suelo, bebiendo el agua que las hojas acumulaban tras las pasadas lluvias. El hambre hacía que no fuera lo suficientemente cauteloso como para que los animales no notaran mi presencia. Un pequeño conejo desprevenido estaba a punto de saciar mi estómago cuando alcancé a oler un fétido y nauseabundo hedor, que no me era desconocido.
Provenía de detrás de una gran roca que se desprendió días antes, durante la gran tormenta que me separó de mi grupo. Olvidándome de mi situación avancé tan en silencio como pude, me encaminé hacia la roca. Cuando llegué allí, con extrema precaución miré al otro lado y descubrí a una de esas ruinosas y deplorables formas de vida. Se encontraba recostada sobre la roca, sosteniendo una herrumbrosa espada cuya hoja estaba mellada por los años de luchas y derrotas. Parecía dormida, si tales criaturas o animales pudieran dormir. Las grandes y huesudas manos con dedos ennegrecidos estaban apoyadas sobre un vientre henchido, tenía la cara marcada por cicatrices, con pequeños ojos y una especie de nariz manchada con barro, una especie de trapos le cubrían el cuerpo. Sin lugar a dudas, aquellas criaturas eran animales, cuya misión en su miserable vida era importunarnos y matarnos. Nunca existió ni existirá raza tan cruel y ruin, creada para la guerra por los poderes del mal.
Se cuenta que la guerra empezó cuando nuestro antepasados eran aún jóvenes. Durante una noche llegaron desde las montañas nevadas arrasando todo lo que encontraban a su paso. Nuestro pueblo caía a millares, hasta que nuestro más valeroso capitán y héroe junto con un reducido número de guerreros alejaron a los invasores más allá de las fronteras septentrionales. Pero según pasaban los años, las batallas fueron más frecuentes y sangrientas, los jóvenes eran adiestrados en el arte de la guerra siendo sometidos a duras pruebas pues no recibirían piedad en el caso de caer en manos del enemigo. Desde entonces cada vez que nuestro pueblo se encuentra con alguno de esos animales nos enzarzamos en una cruenta lucha. No cejaríamos hasta destruir a esas abominaciones por siempre jamás, aunque nos costara la vida.
Poco a poco me fui acercando a mi objetivo, desenvainando mi acero y sosteniéndolo con ambas manos, me encaminé a atravesar la piel del animal. Estaba tan concentrado en mi misión que no me di cuenta de un pequeño tronco en el suelo, caí de bruces al suelo tras tropezar con él. De inmediato el asqueroso animal se despertó y de un increíble salto, nunca hubiera imaginado que eran tan ágiles, se puso de pie blandiendo su maltrecha espada.
Por suerte pude esquivar la primera embestida, tras la cual volvió a la carga. A duras penas resistí los golpes con mi espada, aquella nefasta criatura tenía la fuerza y la violencia de un animal a punto de ser abatido, siendo capaz de matar a cuantos le acechan. Pasados estos duros momentos iniciales, logré levantarme equilibrando la contienda. Nuestras espadas se encontraron continuamente soltando chispas por la fuerza de los golpes, ninguno queríamos echarnos atrás. Desgraciadamente me estaba cansado antes que mi rival, pues no probaba un buen bocado en días. Con las últimas fuerzas que me quedaban esquivé un golpe asestándole un corte profundo en el brazo con el que estaba esgrimiendo la espada. El grito que lanzó al aire me heló la sangre, estaba lleno de dolor y odio, soltó la espada y huyó corriendo. Intenté seguirle pero apenas avancé unos metros caí nuevamente, así que decidí descansar e intentar comer algo antes de iniciar la persecución. Di caza a un conejo y en unos minutos había terminado de comérmelo, recuperando energías para la empresa en la que me iba a embarcar. A pesar de ser noche cerrada, el rastro era tan claro que en unas horas ya me encontraría a escasos kilómetros del enemigo. Además, sabía que el corte que le había infligido debía ser curado o perdería mucha sangre, cosa que esperaba ya que dudaba seriamente que aquel desgraciado supiera cualquier cosa que no fuera luchar y matar.
Otra vez me sorprendió aquella deleznable criatura pues pasados apenas unas decenas de metros el rastro de sangre cesó por completo por lo que tuve que agudizar mis dotes de rastreador para seguir la pista correcta. Tardé más de lo que me imaginaba en verle, cuando por fin di con él, se encontraba en un profundo valle con escasa vegetación defendido por un ruinoso baluarte de aquellas infames criaturas, debía acabar con él antes de que llegara y diera la voz de aviso sobre mí.
Ahora que le tenía a la vista avancé con mayor rapidez, acortando rápidamente la distancia que nos separaba. En unos minutos estaba a escasos metros de él, me estaba esperando con la espada en alto. Tenía que acabar con él con brevedad, no quería que alertara a la guarnición del castillo, sin más dilación el acero de mi espada resplandeció bajo la luna llena. La habitual quietud de la noche se perdió en una innumerable sucesión de choque de metales, los animalillos del bosque huían del lugar, el cielo respondió con furia provocando una tormenta de agua y hielo pero nosotros seguíamos luchando sin cuartel.
La contienda continuó hasta bien entrada la mañana, cuando por fin logré clavarle la hoja de acero en el corazón, la inmunda criatura cayo de rodillas en el suelo y de un fuerte golpe le rebané la cabeza que rodó unos metros del cuerpo. Estaba saboreando el dulce sabor de la victoria cuando una flecha alcanzó mi pantorrilla, cuando dirigí la mirada en dirección a la zona desde donde provenía la flecha vi a varias criaturas que habían llegado tras haber visto reflejos de las espadas durante la noche.
Fui capturado y llevado a las mazmorras del castillo, soporté duras torturas durante varios días y noches. Como respuesta a tales castigos, cada vez que podía intentaba atacarles aun estando en clara inferioridad. Más que el dolor, no podía soportar el hedor que desprendían y la aberrante lengua que utilizaban para comunicarse entre sí, tan sólo intentar decir algo ya te provocaba un profundo tormento.
Estuve retenido durante meses, apenas comía y bebía pero mi odio impedía que desfalleciera. Mi destino no era acabar en aquella mazmorra, a manos de esos. Y si así hubiera estado decidido, intentaría llevarme a todos lo que pudiera conmigo.
Durante una de las interminables noches de tortura, logré zafarme de los carceleros, en parte porque pensaban (si es posible que piensen) que estaba fatigado y sin fuerzas y porque no se dieron cuenta que había robado una de las dagas que usaban. No tuve mayor dificultad en matar a los carceleros, con sendas heridas en el cuello. Escapé fácilmente ya que eran criaturas ruidosas y en aquel desvencijado antro, los huecos oscuros se encontraban por doquier. Y a la luz de una luna brillante salté por la muralla hacía la libertad.
Pasó mucho tiempo hasta que regresé a mi tierra, y desde entonces me convertí en el más fiero guerrero de mi pueblo. Mi nombre era un azote para el enemigo que huía con sólo oír los rumores de mi llegada. Allí donde iba siempre me encontraba con alguno que quería atacarme por la retaguardia, pero ninguno alcanzó siquiera a acercarse pues mis soldados conocían sus propósitos y siempre estaban apartados, a mi espalda.
Grandes fueron mis victorias en el campo de batalla y fui nombrado general del ejército que combatía con los invasores. Cuando habían transcurrido 5 años desde que logré escapar de la mazmorra, el día que estaba esperando llegó finalmente. En aquella batalla combatiríamos contra el grueso del ejército enemigo a las puertas de nuestros hogares. Sabíamos que muchos caerían, pero más mataríamos. Al alba ambos ejércitos se encontraron con un fuerte estruendo. Largo tiempo se recordará la victoria de nuestro ejército, cada vez que se recuerde inflamará los corazones de nuestro pueblo. La lucha duró toda la mañana, el enemigo embistió con gran fiereza, pero estábamos preparados y resistimos. Acto seguido lanzamos nuestro ataque, con todos nuestros efectivos obligándoles a retroceder y cayendo en manos de nuestra caballería, pues ésta se había trasladado a su retaguardia. Fueron aniquilados sin remisión, no quedó nadie que enviara las noticias a sus caciques.
Aquel día fue el comienzo del fin para los invasores, pocos años después toda su horrible especie sería erradicada de la faz del planeta. Nunca volvería a aparecer seres semejantes, cuyo nombre está harto olvidado salvo para los más ancianos, aquellos que como yo lucharon por nuestro pueblo. Pocos supieron como se llamaban a sí mismos, yo aún lo recuerdo, “hombres”.
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